La noche del oráculo de Paul Auster.
según Miki

–Así que no sabes lo que nos pasó.
–No llegué a eso. Pero seguro que habríamos encontrado una salida. En los sueños no se muere la gente ¿sabes? Aunque la puerta siguiera cerrada, algo habría pasado para que saliéramos. Así es la cosa. Mientras estés soñando, siempre hay salvación. (p. 147)
Leí La noche del oráculo por primera vez hace dos años, a lo largo de una sola madrugada en la que literalmente devoré la novela. Puedo recordar muy pocos libros que han producido en mí este efecto. Apenas la terminé, cuando ya era de día y mis padres desayunaban en la cocina, dicen que me vieron salir de mi habitación con los ojos hinchados y con el alma en pánico como si acabara de ver un fantasma. La releí una vez más durante los siguientes días y desde entonces el libro ha ido danto vueltas entre mis amigos sin pasar más de una semana entera conmigo. Alguien demasiado pragmático diría que es porque me da pena reclamarlo. Yo creo que es porque en el fondo tengo miedo de que me vuelva a poseer.
En La noche del oráculo hay un escritor que, como tantas veces en la literatura, trata de hallarse a sí mismo mediante el proceso creativo. Él, luego de una enfermedad, se encuentra escribiendo apaciblemente en su apartamento neoyorquino sin saber que en lo próximos días un ligero espacio entre la realidad y la ficción lo arrastrará hacia el borde mismo de la locura, en el medio de un caos matemáticamente exacto. Mujeres, guías telefónicas, centros de rehabilitación para drogadictos, juegos textuales, cuadernos portugueses, pitonisas, notas al pie, Nueva York y sus calles de noche, que confluyen azarosamente en sus más de doscientas páginas. Los personajes de Paul Auster son personas normales y a la vez son gente al borde de algo, son esos vagabundos sin nombre que hemos visto tantas veces caminar por entre los protagonistas de alguna película, subir escaleras, conducir taxis o tomar café. La literatura de Auster está profundamente marcada por el peso de las palabras, tanto de las dichas como de las escritas, de las que vienen del alma y de las que son pura ficción. En La noche del oráculo existe un mundo en el que la realidad es tan solo una excusa para contar una historia (que se parece a muchas pero que es, esencialmente, una sola: la vieja tragedia griega de un hombre solo frente a un indescifrable destino).
Hace un tiempo me enteré que un amigo chileno está viviendo en Nueva York, específicamente en Queens, en donde es uno de tantos sudamericanos ilegales y trabaja como ayudante de cocina en un restaurante tailandés. Con sus veinte años a cuestas, parece estar ajeno de la discusiones políticas sobre el futuro de su situación y prefiere añorar un pronto retorno al sur de Chile. Por el teléfono escucho cómo se emociona al contarme de las tormentas que ya ha visto en Central Park o de las banquitas que hay en las orillas del Río Hudson y que sí, son idénticas a las películas. Acá, me dice, es como si todo fuera una gran película en blanco y negro. Su vida, por lo demás, no es tan asombrosa como llega a sonar. A mí, sin embargo, me gusta imaginármelo perdido entre las calles de Manhattan, como un personaje austeriano, tan lejos del resto, que un buen día decidió ponerse de pie, dejar su país y no volver más. Escarbar en la pregunta sobre si es posible escapar de tu propio destino.
Sidney Orr, el protagonista, se propone terminar su novela a modo de terapia. Aconsejado por otro escritor amigo suyo, retoma un pasaje de El Halcón Maltés en la que el personaje principal, tras salvarse de morir, abandona la ciudad, a su familia, y hasta su identidad, para construirse una nueva vida. Esta vez el personaje de la novela de Orr se muda a Kansas sin nada más que el manuscrito de una novela de los años veinte, curiosamente titulado La noche del oráculo. Pero hasta que Orr termine la novela van a pasar más cosas, cada vez más rápido, en las que terminarla no será tanto una terapia como sí la única forma posible de escapar. Porque en el medio habrá más tramas, más conflictos, mucho más caos. Con un ritmo fluido, escritura meta textual y esos escenarios tan suyos como restaurantes para personas solitarias o librerías olvidadas, Paul Auster nos presenta su radiografía de una sociedad violenta, que no va hacia ninguna parte y cuya única opción es abandonarlo todo.
Nunca he estado en Nueva York, y mi madre –quien sí ha estado– me dice que es un lugar para perderse. Yo pienso en las novelas de Paul Auster, en la última escena de Manhattan en la que el personaje de Woody Allen no logra encontrar un taxi y llega corriendo a encontrarse con Mariel Hemingway, en las casualidades, en toda la poética que puede tener una ciudad invadida por las luces y las sombras, por hombres y mujeres de todas partes del mundo llevando a cuestas su desarraigo. Entonces le creo.
Título original: Oracle Night
Autor: Paul Auster (New Jersey, 1947)
Año de publicación: 2003
País: Estados Unidos 257 páginas en la edición de Panorama de Narrativas Anagrama, 2006




El título de La noche del oráculo me hizo recordar al oráculo de Delfos, cuando un rey va a preguntarle si ganaría o no una guerra que pensaba emprender. El oráculo le dijo que un gran reino sería destruido. El rey se fue a la guerra confiado, pensando que ganaría, pero el gran reino destruido terminó siendo el suyo.